Cristina (ANSWER)

Era una tarde de agosto aburrida en la barbería en la que trabajaba. Mi jefe se había ido por asuntos suyos, así que me dejó al cargo, y aquella tarde no teníamos clientes. Empecé a hacer inventario para irme y cerrar antes de tiempo, pero entonces, una chica de veintipocos años entró en el local. Portaba una melena castaña casi a media espalda y llevaba un vestido corto y ajustado, que realzaba sus curvas. Era una chica realmente sexy. No era normal que entrasen mujeres al local más allá de las que acompañaban a sus maridos o hijos, y mucho menos una chica así. Me dirigí hacia ella, aparentando normalidad, y le pregunté:

“Hola. ¿Te puedo ayudar?”

“Sí, por favor. ¿Podrías cortarme el pelo ahora? ¿O he de pedir cita?”

“Sí puedo, no tengo curro ahora y queda bastante para el cierre. Pero te advierto que no domino muchos cortes de chica. Aquí cortamos el pelo sobre todo a hombres”.

“Creo que sabrás hacer lo que quiero”.

“Genial. Siéntate en un sillón entonces, esto… ¿cómo te llamas?”

“Cristina. ¿Y tú?”, preguntó sonriente.

“Jorge”.

Me dio dos besos y se sentó en uno de los sillones. Tras ponerle la capa, le pregunté qué quería:

“Quiero que me hagas una coleta, lo más prieta posible, y me la cortes”.

“¿Estás segura?”

“Segurísima”.

Me dio una goma que tenía en la muñeca y procedí a hacerle la coleta, y acto seguido empecé a cortar. Estaba bastante nervioso: siempre había fantaseado con cortarle el pelo a una chica, sobre todo raparla o afeitarla. Entonces noté algo raro: a cada tijeretazo, Cristina parecía tener escalofríos o espasmos. Pensé que se estaba arrepintiendo y eso me ponía aún más nervioso. Cuando terminé de cortar, su hermosa melena había quedado reducida a varios mechones sin forma ni orden.

“¿Esto es lo que querías?”

“Sí. ¿Puedo ver la coleta?” Se la entregué y la miró sorprendida. Era larguísima. “Guárdamela, porfa. Es para… alguien”.

“Hablando de otra cosa, deberíamos darle forma a esto. ¿Tienes pensado algo…?”

“Rápame la cabeza”. No me dejó ni acabar la frase.

Aquello me descolocó del todo. No sólo por el propio hecho de querer raparse, sino por el aplomo con el que lo dijo. Sólo oír esas palabras provocó algo en mi entrepierna.

“¿Lo dices en serio? ¿Quieres que te rape?”

“Pues claro que sí. ¿Por qué te sorprende tanto? No soy la primera mujer que se rapa”. Parecía molesta por tanta pregunta.

“Vale. Voy a ello”.

Encendí la maquinilla, sin guía ninguna, y la pasé de su frente a la coronilla. Continué sin pausa, haciendo cada vez más surcos blancos en su cabeza. Pude ver que Cristina sonreía mientras la rapaba, y volvía a hacer movimientos debajo de la capa. Por mi parte, yo estaba cada vez más cachondo, e intentaba disimular mi cada vez mayor erección. Mientras tanto, me atreví a preguntarla que la llevaba a raparse. Me contó que había descubierto que su novio le era infiel y pretendía dejarle dándole su coleta, ya que él amaba su melena y no le dejaba cortársela. Raparse era una forma de venganza. Acabé con la máquina: estaba casi calva. Sólo quedaba una sombra de pelo en su cabeza. Se acarició la cabeza y sonrió. Entonces me preguntó si teníamos baño, y le indiqué dónde estaba. Cuando entró al baño, noté que había un líquido en el sillón, el cual era más bien viscoso. Al verlo, se me vino a la cabeza que pudiera ser flujo vaginal. Lo descarté en un primer momento, pero luego recordé los movimientos de debajo de la capa. ¿Era posible que se hubiese tocado? ¿Se estaría tocando en el baño? Cuando salió del baño, me vio limpiando el sillón y se sonrojó.

“¿Cuánto te debo?”, dijo muy apresurada.

“En realidad, te iba a proponer algo. ¿Qué te parece si te afeito la cabeza?” No quería dejar pasar la oportunidad. “Ya sabes, con navaja y espuma. Quedarías calva total, como una bola de billar”. A Cristina se le dibujó una sonrisa.

“Vale, por qué no”.

Volvió a sentarse, pero esta vez no le puse capa. Cogí una afeitadora eléctrica, de esas que cortaban el pelo aún más corto que el cero, y mientras se la pasaba me preguntó:

“¿Y la capa?”

“Sé lo que has hecho mientras te rapaba, Cristina”, le susurré.

“Jorge, yo… Me vino una sensación muy rara, y luego me dieron ganas de tocarme… Por eso he tenido que ir al baño, y creo que hasta he tenido un orgasmo tocándome ahí dentro. No entiendo nada…”

“No pasa nada, Cris. Tranquila. Existe algo llamado “fetichismo del pelo”, por lo cual te excita cortar el pelo o que te lo corten. Creo que tú eres fetichista, y la verdad, yo también lo soy. Me he puesto muy cachondo rapándote”.

“Ya lo he notado. No se te da bien disimular erecciones”.

Tras pasarle la afeitadora, su pelo ya era prácticamente imperceptible. Le cubrí la cabeza con espuma y empecé a afeitar a navaja, repasando cada zona. Quería disfrutar del momento. Cristina sonreía extasiada, seguramente con muchas ganas de masturbarse. Cuando acabé, me recreé acariciándole la cabeza lisa, gesto que ella imitó.
Me había asegurado de que no quedaba ningún rastro de pelo.

“Mmm, me encanta… No puedo parar de tocarla, es tan suave… Gracias Jorge, este es uno de los mejores días de mi vida. Además, me veo estupenda”.

“De nada, mujer. Oye, ¿te reservo cita? Creo que deberías mantenerte calva, te queda realmente bien”. Mientras tanto, yo le echaba aftershave en la calva.

“Pues no es mala idea, vendré en un par de semanas… ese jueves mismo. Otra pregunta: ¿tienes novia?”

Mi corazón se puso a mil por hora al oír eso. “No, no tengo novia”.

Acto seguido, me besó con lengua apasionadamente. El beso duró un minuto.

“Toma, mi número. Háblame y quedamos, guapo. Espero verte pronto”.

“Y yo a ti, mi pelona”.

Después de pagar, Cristina cogió la coleta que previamente le había cortado y se fue.

De esto hace ya cuatro meses. Obviamente, Cris volvió a la barbería y de hecho, ya es clienta habitual. Cada dos semanas me encargo de que quede completamente calva. Por otro lado, cortó con su novio y tras quedar varias veces, empezamos a salir.