La barbería de Raquel (ANSW3R)

Aún no comprendo por qué entré ahí. Necesitaba un corte de pelo urgente: los exámenes y los trabajos previos a éstos no me habían dejado tiempo para nada, y menos para mi pelo. Me lo cortaba muy corto de abajo y algo largo de arriba, y ahora lo tenía demasiado largo y difícil de peinar. Era temporada de bodas y mi peluquería de confianza tenía todas las fechas cogidas, así que fui a una barbería que también estaba cerca de mi casa, la “Barbería Raquel”.

La barbería era pequeña –sólo tenía una silla, donde cortaba el pelo y un sofá para esperar turno- y estaba decorada al estilo tradicional de una barbería. Pero lo que me llamó la atención era la encargada: una mujer de aproximadamente 35 años, con una larga melena roja. Se encontraba cortándole el pelo a un señor mayor. Se dirigió amablemente hacia mí cuando entré:

“Hola, soy Raquel. ¿Vienes a cortarte el pelo?”

“Sí, estoy buscando un sitio donde hacerlo. ¿Cuándo podrías?”

“Ahora mismo. Cuando acabe con este, voy contigo, ¿OK?”

“De acuerdo”.

Me senté en el sofá que había en el otro lado del local. Raquel no tardó mucho en cortarle el pelo al señor. Cuando éste se fue, tomé su asiento. Mientras me ponía la capa, Raquel me hablaba:

“¿Cómo te llamas?”

“Dani”.

“Dime, Dani, ¿cuánto tiempo llevas sin cortarte el pelo?”

“Tres meses casi”.

“Ya se nota. No te preocupes, que te voy a dejar bien guapo. ¿Cómo lo quieres?”

Le expliqué qué quería y procedió a cortar. Cogió la máquina y empezó a rapar la parte de abajo al 2. Mientras tanto, me preguntaba por mi vida, mostrándose muy simpática. También me dio detalles de su vida, como que estaba separada y que no hacía mucho tiempo que había estudiado para barbera: originalmente era contable, pero no le gustó ese mundillo y descubrió que esta era su vocación. Tras cortarme la parte de abajo, cogió las tijeras y empezó con la parte de arriba. Al rato, paró y parecía negar con la cabeza.

“¿Ocurre algo?”

“Esto no acaba de convencerme. ¿Así te lo cortabas normalmente?”

“Sí. ¿Qué problema hay?”

“No es el mejor corte que podrías tener”.

“¿Y qué me recomiendas?”

“Pues creo que tengo una idea en mente”, dijo con una sonrisa pícara. “Pero quizás te choque un poco cuando te lo haga. Es bastante corto. Y debes aceptarlo sin rechistar”.

Tras un rato pensando, me decidí.

“Vale, tú eliges”.

No tenía ni idea de lo que supondrían aquellas palabras.

“Genial. No te vas a arrepentir, te lo juro”.

Agarró la máquina y empezó a pasarla por mi nuca. Me di cuenta de que no tenía guía. ¿Qué iba a hacerme? ¿Dejarme lo de abajo al 0? De repente, algo me despertó de mis pensamientos. Raquel había metido la máquina hasta mi coronilla, y de golpe, la arrastró hasta mi frente. Yo estaba en shock. Había una raya blanca justo en el medio de mi cabeza.

“¿Qu… Qué haces?”, pregunté desorientado.

“Dijiste que no rechistarías…”

“¡Y tú no me dijiste que me ibas a rapar al 0!”

“Te dije que te lo haría corto. Relájate, sé lo que hago”, dijo con tono tranquilizador.

“En fin, ya no hay vuelta atrás… Continúa”. Me resigné.

Y eso hizo. Raquel siguió rapando, y yo veía mi pelo caer sobre mis rodillas. Ella lo hacía lento, y por lo que veía en el espejo, tenía una sonrisa bastante grande en su cara mientras me dejaba pelado. ¿Por qué sonreía tanto? Además, no le bastaba con pasar una vez la máquina: pasaba varias veces, como si fuese a rapar aún más cada vez. Por otra parte, yo estaba notando algo en mi cuerpo, sobre todo en mi entrepierna. No lo podía creer: me estaba excitando que aquella pelirroja me estuviese rapando la cabeza.

Cuando Raquel acabó de raparme, estuvo varios segundos acariciándome la cabeza, de forma lenta pero firme. Parecía gustarle. Yo seguía en shock: estaba casi calvo. Sólo había una sombra de pelo en mi cabeza. Pensaba en qué dirían mis amigos cuando me vieran así: ya me imaginaba las coñas… Por otra parte, seguía bastante excitado.

“Bastante mejor, dónde va a parar. ¿Qué te parece?”

“No sé… Me veo raro…”. Me toqué la calva, y me invadió un gran gustito. “Pero me gusta la sensación. Podría acostumbrarme”

“Pues esto aún no ha acabado. Esto te va a gustar aún más”. Todo esto sin perder la sonrisa. Le miré disimuladamente las tetas y pude ver que tenía los pezones erectos.

Tras quitarme los pelos sobrantes con un cepillo, mojó una toalla con agua caliente y la pasó por mi cabeza hasta que estuvo bien húmeda. Acto seguido, me cubrió la cabeza de espuma.

“Te voy a dejar la cabeza bien suavita”.

Cogió la navaja y empezó a afeitarme. Yo veía en el espejo cómo lo hacía de forma minuciosa, repasando concienzudamente todas las partes de mi cráneo: coronilla, el cuello, la línea de la frente… Incluso me enjabonó más de una vez para volver a afeitar. Yo no decía nada, simplemente movía la cabeza según me indicaba para facilitarle el trabajo. Raquel seguía con los pezones erectos, quizás que aún más. Cuando acabó, yo ya era una bola de billar: mi cabeza brillaba reflejando la luz del local. Yo tenía sentimientos encontrados: por una parte no me disgustaba como quedaba, pero por otra parte me veía raro. Mi cabeza parecía enorme. Raquel sonreía ufana y me acariciaba la calva.

“Perfecto. Te ha quedado bien suavecita. Eres un calvito muy sexy, Dani. Aunque esa barba… Un momento”.

Se dispuso a despojarme de mi barba, bastante corta por otro lado, pues yo me la había cortado más a menudo. Tras pasarme la maquinilla por la cara, me pasó la toalla caliente que había usado con mi cabeza, me enjabonó y me afeitó con cuidado, repasando toda la cara. Tras ello, me acaricié la calva y mi excitación aumentó aún más si cabía. Estaba completamente lisa, había eliminado cualquier rastro de pelo. Raquel me dio aftershave en la cara, tras lo cual empezó a preparar una especie de loción.

“Aún mejor sin barba. Un chico tan guapo como tú no debería ocultar su cara tras las barbas. Ahora te voy a dar esto en la cabeza y habremos acabado. Es una loción especial para afeitados de cabeza: te la deja bien suave y además, hace que brille más”.

“Me gusta”. Realmente no me atraía lo del brillo: lo que quería era pasar desapercibido, pero algo me empujaba a hacerlo.

Tras pasarme aquella loción, mi cabeza brillaba como el Sol. Seguramente se me vería casi a kilómetros de distancia. Raquel me quitó la capa y entonces, hizo algo que ni me podría soñar: me sujetó del hombro, como forzándome a quedarme sentado, y se sentó a horcajadas encima de mí, mirando hacia mi cara. Su coño quedaba justo encima de mi pene totalmente duro. Empezó a frotar sus genitales con los míos mientras seguía acariciándome la calva, y me decía:

“Ya sabía yo que te iba a gustar. Has sido muy buen chico, el primero que deja que le haga esto. Llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo”. Estaba muy cachonda.

“Me ha encantado. Amo acariciarme la cabeza”. Entonces, me besó, y estuvimos un buen rato besándonos con lengua, frotando nuestros genitales. Aún no sé cómo logré no correrme.

Cuando fui a pagar, me lo negó. “A este invita la casa. Muchísimas gracias Dani. ¿Te pido cita para la próxima vez? Me encantaría repetir, y seguro que a ti también”.

“Claro. Dentro de dos semanas”. Me apuntó la fecha. Nos dimos un último beso y nos despedimos.

Ya han pasado dos semanas de aquello. Mis amigos y mi familia quedaban perplejos cuando me veían calvo, y no faltaban las bromas, las cuales ya cansaban. En un momento dado, me arrepentí de aquello y decidí dejarme crecer el pelo. Sin embargo, hoy es el día que había quedado con Raquel y mis pasos volvían a dirigirme a aquella barbería, a aquella pelirroja. Era última hora de la tarde y sólo quedaba Raquel. Hoy se había vestido realmente sexy, con tacones, maquillada y un vestido que dejaba muy poco a la imaginación. ¿Todo aquello era por mí? Entré y enseguida me dio un pico.

“Creía que no vendrías. Todavía me acuerdo de aquella vez. ¿Lo mismo?”

“Sabes que sí”.